OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Hace apenas unos días despedí a mi compañera de vida durante casi cincuenta años. La enfermedad del cáncer, con su tenacidad cruel, fue desgastando su cuerpo, pero nunca su espíritu. Su partida me dejó sumido en un mar de emociones encontradas, como si una ola inmensa se hubiese desatado dentro de mí, arrastrando momentos de profunda tristeza, ráfagas de aceptación, instantes de paz, y ese silencio que solo se comparte con los hijos y nietos cuando el alma llora por dentro.
El duelo no es una línea recta. Es más parecido a un parque de diversiones emocional: subidas repentinas de recuerdos felices, caídas bruscas al abismo del “ya no está”, curvas imprevistas donde aparece la culpa, el alivio, la risa inesperada ante una anécdota compartida. He sentido todo eso. A veces en un mismo día. A veces en una misma hora.
Comparto este testimonio en un momento en que el país también atraviesa su propia ola de dolor: más de 240 familias dominicanas están viviendo tragedias recientes, algunas víctimas de una violencia absurda o de accidentes evitables. Mi pérdida es individual, íntima, irrepetible. Pero el dolor, en su esencia, es un idioma común. Cada uno vive su duelo a su manera, pero todos necesitamos abrazarlo para poder empezar a sanar.
Hoy, desde esta mezcla de serenidad y nostalgia, quiero decir que está bien llorar. Que está bien sentir alivio al ver que un ser querido ya no sufre. Que está bien recordar con una sonrisa o con una lágrima. Que está bien necesitar tiempo. Y sobre todo, que debemos darnos permiso para sanar con apoyo profesional como el de la Dra. Rosa Mariana Brea experta en duelo. Porque honrar a quienes amamos no es solo recordarlos, sino también aprender a vivir de nuevo con su presencia en nuestra memoria.
