Después de dos inviernos apagados por la guerra, sin luces ni adornos que anunciaran la llegada de la Navidad, la ciudad de Belén volvió a brillar. En la Plaza del Pesebre, el encendido del gran árbol congregó a fieles de distintas religiones y nacionalidades, unidos por un mismo deseo: recuperar la esperanza y la unidad en medio de la adversidad.
La ceremonia reunió a cientos de palestinos, tanto cristianos como musulmanes, además de religiosos y voluntarios que trabajan en Tierra Santa. Bajo la lluvia, se congregaron frente a la Basílica de la Natividad para presenciar un acto que llevaba dos años suspendido y que, más allá de la tradición, se convirtió en un símbolo de resistencia cultural.
En esta ocasión, el evento se presentó más como una celebración comunitaria que como un acto solemne. La música, los villancicos y las danzas tradicionales marcaron la jornada, ofreciendo a los asistentes un respiro frente a la tensión que domina la región. Familias enteras aprovecharon para compartir, fotografiarse y transmitir un mensaje de vida en medio de la incertidumbre.
Con el árbol iluminado, Belén no solo recupera parte de su normalidad perdida, sino que también envía al mundo una señal clara: la ciudad que vio nacer a Jesús sigue apostando por la paz y por la fuerza de su gente, que se niega a dejar que la oscuridad de la guerra apague sus tradiciones.
