OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ.- Hoy concluyo un curso de inteligencia artificial, y al hacerlo no puedo evitar pensar en cómo esta revolución silenciosa —que avanza con la velocidad de los rayos— impactará de manera irreversible cada sector de nuestra economía. La inteligencia artificial ya no es una promesa tecnológica del futuro, sino una realidad que redefine los cimientos mismos del trabajo, la producción, la educación y la gestión pública. La pregunta no es si la IA transformará a la República Dominicana, sino cuán preparados estamos para asumir y dirigir ese cambio.
Vivimos en un país de contrastes: mientras seguimos luchando con deficiencias estructurales —energía, educación, burocracia, transporte y desigualdad—, el mundo avanza hacia una economía digital donde los algoritmos toman decisiones financieras, los robots reemplazan tareas humanas y las máquinas aprenden de sí mismas. Nuestra economía en vías de desarrollo no puede permanecer en la orilla mirando pasar la corriente. Si lo hacemos, el tren del futuro nos dejará atrás.
La inteligencia artificial tiene el potencial de elevar la productividad dominicana como ninguna tecnología anterior. En el sector financiero, podría optimizar el crédito, reducir fraudes, anticipar riesgos y ofrecer soluciones personalizadas a cada cliente, sustituyendo lentamente las estructuras tradicionales de análisis. En el turismo, nuestro principal motor económico, la IA ya puede rediseñar estrategias de mercadeo predictivo, ajustar precios dinámicamente, traducir idiomas en tiempo real y mejorar la experiencia del visitante de forma automática. En la agricultura, los sensores inteligentes y la analítica avanzada podrían predecir sequías, plagas o rendimientos con una precisión que multiplicaría los ingresos rurales. En la salud, los diagnósticos asistidos por IA prometen salvar vidas y reducir costos, mientras que en el sector público, los sistemas automatizados podrían eliminar el papeleo, la corrupción y la lentitud que tanto afectan la confianza ciudadana.
Pero así como abre puertas, la IA también levanta muros. A medida que automatizamos tareas, miles de empleos tradicionales podrían desaparecer o transformarse. Las fábricas que hoy dan sustento a familias podrían requerir menos obreros y más programadores. El comercio informal, que representa más del 50 % de nuestra fuerza laboral, enfrentará un desafío de supervivencia si no se digitaliza. Y nuestras universidades, en muchos casos ancladas a planes de estudio del siglo pasado, deberán reinventarse para formar ciudadanos capaces de convivir con las máquinas, no de competir contra ellas.
El dilema ético y económico es inmenso. La inteligencia artificial podría agrandar aún más la brecha entre quienes dominan la tecnología y quienes la padecen. Un país como el nuestro, donde la desigualdad es aún visible en las aulas, los barrios y las provincias, no puede permitir que la revolución digital sea una nueva forma de exclusión. La IA debe ser democratizada, no monopolizada. Y eso exige políticas públicas valientes, educación digital desde la niñez, incentivos a la innovación y una visión nacional que coloque la tecnología al servicio del ser humano y no al revés.
Estamos ante un punto de inflexión histórico. Así como el azúcar marcó nuestra economía del siglo XX, la inteligencia artificial marcará nuestro siglo XXI. Los países que la comprendan y la integren estratégicamente serán los nuevos líderes de la productividad, mientras que los que la ignoren quedarán atrapados en la dependencia tecnológica y económica. República Dominicana no debe ser un consumidor pasivo de soluciones extranjeras, sino un creador activo de su propio destino digital.
La velocidad de los cambios es vertiginosa. Lo que ayer parecía ciencia ficción hoy es rutina. Y en esa carrera sin pausa, la preparación se convierte en nuestra única defensa. Si como nación logramos formar una generación de jóvenes capaces de entender y dirigir la IA —con ética, talento y visión—, podríamos transformar nuestra vulnerabilidad estructural en una ventaja competitiva. Pero si seguimos anclados al pasado, seremos espectadores de un futuro ajeno.
Por eso este artículo no es una conclusión, sino un llamado. La inteligencia artificial no debe asustarnos, sino inspirarnos. Representa una oportunidad única para reinventar la economía dominicana, elevar su productividad, reducir la pobreza y dignificar el trabajo. Pero para lograrlo debemos actuar ahora, con decisión y unidad, conscientes de que cada minuto que perdemos es una brecha que se ensancha.
La inteligencia artificial ya llegó. El reloj económico del mundo no se detiene. La gran pregunta es si nosotros —como sociedad, como gobierno, como academia y como ciudadanos— estamos dispuestos a reinventarnos antes de que la historia lo haga por nosotros.
