OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Vivimos en una época en la que parecer importante muchas veces parece tener más valor que ser verdaderamente útil. Las redes sociales premian la exposición, las declaraciones estridentes y el protagonismo permanente. Sin embargo, la historia de las instituciones serias suele construirse de una manera muy distinta: con prudencia, discreción, preparación y sentido del deber.

Por eso hoy quiero dedicar estas líneas a un hombre que, a mi juicio, representa una de las mejores tradiciones del servicio público y privado dominicano: José Manuel Trullols Yabra.

Durante décadas tuvo la responsabilidad de servir al país desde la Cancillería, desempeñando funciones de gran sensibilidad y contribuyendo a preservar las relaciones internacionales de la República Dominicana en momentos de enorme complejidad. Lo hizo sin buscar protagonismo, sin convertir cada decisión en un espectáculo y sin la necesidad de ocupar constantemente la primera plana. Su mejor carta de presentación siempre fue su trabajo.

En una nación donde muchas veces confundimos liderazgo con estridencia, José Manuel demostró que existe otra forma de servir: la del funcionario que escucha más de lo que habla, que observa antes de actuar y que entiende que la diplomacia exige serenidad, inteligencia y absoluta confidencialidad.

Su trayectoria le permitió colaborar en distintos momentos de nuestra vida institucional junto a los presidentes Joaquín Balaguer, Antonio Guzman, Salvador Jorge Blanco, Leonel Fernández y Danilo Medina. Esa experiencia le dio una perspectiva privilegiada sobre el funcionamiento del Estado, siempre manteniendo la prudencia que exige el ejercicio de responsabilidades tan delicadas. Nunca utilizó las confidencias del poder para buscar notoriedad personal. Esa reserva constituye, precisamente, una de las mayores virtudes de un verdadero servidor público y privado.

He tenido la fortuna de compartir innumerables jornadas de golf con José Manuel. Quienes lo conocemos sabemos que cada conversación con él es una lección de historia, diplomacia y sentido común. No necesita levantar la voz para transmitir autoridad. Habla con conocimiento, con equilibrio y con la serenidad de quien ha visto de cerca algunos de los momentos más importantes de nuestro país.

Pero, por encima de sus méritos profesionales, destaco al ser humano. Es un hombre de sólida formación, profundamente familiar, excelente amigo, honrado, austero y respetuoso. Su comportamiento confirma que la verdadera grandeza no necesita publicidad.

Precisamente ahora, cuando la entrada en vigor del nuevo Código Penal nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que implica el uso de la palabra pública, vale la pena recordar que la prudencia nunca ha sido una señal de debilidad, sino de fortaleza. José Manuel ha hecho de esa prudencia una forma de vida.

En tiempos donde muchos creen que para dejar huellas hay que hacer ruido, él demuestra exactamente lo contrario: los resultados más duraderos suelen ser obra de quienes trabajan con disciplina, discreción y sentido del Estado.

La República Dominicana ha contado con muchos funcionarios valiosos, pero pocos han sabido combinar, como José Manuel Trullols Yabra, la competencia profesional, la integridad personal y la modestia con la que siempre ejerció sus responsabilidades en el sector publico como privado.

Por eso considero un deber expresar públicamente este reconocimiento. No solo por lo mucho que ha aportado al país, sino también porque las nuevas generaciones necesitan referentes diferentes. Necesitan saber que existe un camino alternativo al protagonismo fácil; un camino donde el prestigio se construye con décadas de trabajo serio, donde la confianza se gana con honradez y donde el respeto nace de la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.

Gracias, José Manuel, por enseñarnos que la prudencia también es liderazgo; que la austeridad también inspira; que la sencillez puede convivir con la excelencia; y que servir al país con discreción deja una huella mucho más profunda que cualquier titular pasajero.

Hombres como el dignifican la función pública y privada y nos recuerdan que, al final, el verdadero reconocimiento no proviene del ruido de las redes, sino del respeto sincero de quienes tienen el privilegio de conocer su calidad humana y profesional.