OPINIÓN ANDRÉS ALEJANDRO BÁEZ AYBAR, para 7 Segundos Multimedia.[email protected]– Esta mañana encendí el televisor y me encontré con una entrevista a Guido Gómez Mazara. Confieso que comencé a verla con la mirada de quien cree conocer de antemano al personaje. Terminé viéndola de otra manera.

Y creo que vale la pena explicar por qué.

Guido es hijo de Maximiliano Gómez —El Moreno—, uno de los dirigentes emblemáticos de la izquierda revolucionaria dominicana, perseguido durante los años más intensos de la Guerra Fría y asesinado en Bruselas en 1971, en circunstancias que todavía forman parte de una época oscura y controvertida de nuestra historia política.

Para quienes crecimos políticamente dentro del mundo bipolar del siglo XX, esos antecedentes pesaban muchísimo.

Había dos mundos: izquierda y derecha; Washington y Moscú; capitalismo y comunismo. Y muchas veces cometíamos el error de heredarle al hijo la etiqueta política del padre.

Yo también lo hice

Siempre he estado ideológicamente más cerca de la derecha democrática que de la izquierda. Por eso durante años coloqué mentalmente a Guido Gómez Mazara dentro de una casilla muy sencilla: el hijo de Maximiliano Gómez, el hombre de izquierda.

Y con esa etiqueta me bastaba.

Hoy reconozco que estaba equivocado.

Conocí personalmente a Guido en circunstancias muy diferentes a la política partidaria. Visitaba a uno de los banqueros que se encontraba recluido en Najayo y pude observar en él algo que posteriormente he confirmado: es un hombre solidario, amigo de sus amigos y capaz de mantener vínculos personales aun cuando hacerlo no necesariamente produzca dividendos políticos.

También desempeñó responsabilidades importantes durante el gobierno de Hipólito Mejía y perteneció a aquella generación política que tuvo que desenvolverse en la compleja transición dominicana de principios de este siglo.

Pero lo que verdaderamente me ha obligado a revisarlo no es su pasado. Es su presente.

Hay funcionarios que administran instituciones y hay funcionarios que intentan transformarlas.

En el Indotel, Gómez Mazara ha demostrado algo que escasea extraordinariamente en la administración pública dominicana: capacidad para conceptualizar una política, explicarla, enfrentar los intereses afectados y asumir públicamente las consecuencias de la decisión.

Eso parece sencillo. No lo es

Y hay un dato que para mí resulta fundamental: todo esto lo ha hecho en menos de dos años de gestión al frente del Indotel.

En ese corto período hemos visto iniciativas de conectividad, formación tecnológica, actualización regulatoria, acciones contra telecomunicaciones ilegales y proyectos para enfrentar el uso de teléfonos desde las cárceles.

Pero también ha demostrado que modernizar el Estado no consiste solamente en anunciar grandes políticas. Hay que saber administrar.

Un ejemplo me llamó particularmente la atención: encontró al Indotel pagando un alquiler que consideró excesivo por el edificio donde funcionaba la institución y decidió enfrentar esa situación. En vez de resignarse a continuar pagando indefinidamente una renta onerosa con recursos públicos, impulsó la adquisición de un edificio propio para el Indotel.

Puede parecer una decisión administrativa menor frente a las grandes discusiones sobre telecomunicaciones. Para mí no lo es.

Un funcionario que cuida el dinero público como si tuviera dueño —porque lo tiene: el contribuyente— está enviando una señal importante sobre su manera de gobernar.

Dejar de pagar una renta desproporcionada y convertir ese gasto recurrente en patrimonio de la institución es el tipo de decisión que debería multiplicarse en un Estado donde demasiadas veces lo provisional termina siendo permanente y lo costoso se acepta simplemente porque siempre se ha hecho así.

Pero quizás el episodio más revelador ha sido la licitación internacional que permitió la entrada de Viettel al mercado dominicano.

El asunto no es menor

Estamos hablando de un sector extraordinariamente concentrado, donde aproximadamente el 95 % del mercado telefónico se encuentra en manos de dos operadores, según ha explicado el propio presidente del Indotel. Abrir espacio para un nuevo competidor significa inevitablemente tocar intereses económicos importantes.

Y Guido decidió hacerlo.

Viettel obtuvo 240 MHz de espectro por veinte años y ha anunciado una inversión cercana a los US$500 millones. El Estado recibiría alrededor de US$120 millones por el uso de las frecuencias.

Pero lo más interesante para mí no ha sido solamente la decisión. Ha sido observar cómo Gómez Mazara la ha defendido.

Ante cuestionamientos empresariales, regulatorios y hasta preocupaciones geopolíticas relacionadas con Estados Unidos y la tecnología utilizada en las telecomunicaciones, no ha respondido con nacionalismo barato ni con retórica antiamericana.

Ha respondido con argumentos.

Ahí descubrí algo que no esperaba encontrar en aquel hombre al que durante tantos años había colocado automáticamente en la izquierda dominicana.

Guido entendió el mundo después de la Guerra Fría

El hijo de Maximiliano Gómez no está proponiendo estatizar las telecomunicaciones. Está introduciendo competencia.

No está enfrentándose al capital privado. Está intentando impedir que la concentración privada se convierta en una barrera contra el consumidor.

No está desafiando a Estados Unidos mediante consignas. Está defendiendo una decisión soberana dominicana mediante procedimientos, licitaciones, regulación y argumentos técnicos.

Eso es completamente diferente.

Y ahí está, para mí, la evolución interesante del personaje.

Porque quizás quienes todavía seguimos pensando algunas veces con las categorías de nuestra juventud somos nosotros.

La Guerra Fría terminó. El Muro de Berlín cayó. La Unión Soviética desapareció. China combina un régimen político comunista con una de las economías de mercado más agresivas del planeta. Vietnam comercia con Estados Unidos.

Las grandes batallas internacionales de hoy ya no se libran solamente entre capitalismo y comunismo, sino alrededor de tecnología, datos, semiconductores, telecomunicaciones, mercados y seguridad nacional.

En ese mundo, las viejas etiquetas sirven cada vez menos

Por eso hoy hago públicamente una rectificación intelectual.

Durante mucho tiempo no estudié suficientemente a Guido Gómez Mazara porque creí que conocía su pensamiento por conocer el apellido y la historia política de su padre.

Eso fue un prejuicio.

Y los prejuicios son precisamente lo contrario del pensamiento.

Hoy no veo simplemente al hijo de Maximiliano Gómez.

Veo a Guido Gómez Mazara

Un político con formación, experiencia, carácter, capacidad de comunicación y, sobre todo, algo indispensable para gobernar: capacidad de convertir una idea en una decisión y una decisión en una política pública defendible.

Eso no significa que comparta todas sus posiciones. Ni tendría sentido hacerlo.

Significa algo mucho más importante: que he aprendido a respetarlo políticamente.

La República Dominicana entrará inevitablemente en una nueva etapa política.

Y cuando llegue el momento de evaluar liderazgos presidenciales, no deberíamos preguntarnos solamente quién tiene más simpatías, quién controla más estructuras partidarias o quién aparece mejor colocado en una encuesta.

Deberíamos hacernos una pregunta mucho más exigente: ¿quién ha demostrado, aunque sea administrando una parte relativamente pequeña del Estado, que tiene capacidad para tomar decisiones difíciles, enfrentarse a intereses poderosos y explicar intelectualmente por qué las toma?

Ahí Gómez Mazara merece ser observado

El Indotel puede parecer pequeño frente al Estado dominicano, pero precisamente por eso funciona como laboratorio.

Y en ese laboratorio Guido ha demostrado que no le teme al conflicto cuando entiende que tiene argumentos para sostenerlo.

Ha enfrentado concentraciones empresariales, ha defendido la competencia, ha planteado modernizar la regulación, ha llevado tecnología hacia sectores tradicionalmente rezagados, ha asumido el complicado problema de las comunicaciones desde las cárceles y ha defendido decisiones dominicanas frente a interlocutores internacionales sin convertir la soberanía en espectáculo.

Y, al mismo tiempo, ha demostrado algo mucho más elemental que frecuentemente olvidamos exigirle a un funcionario público: cuidar los cuartos del Estado. Eliminar un alquiler oneroso y encaminar al Indotel hacia una sede propia puede no producir grandes titulares, pero revela una mentalidad administrativa.

Todo eso, insisto, en menos de dos años.

Eso dice bastante sobre un funcionario.

Si yo estuviera en el PRM, estudiaría cuidadosamente este activo político

No necesariamente para proclamar mañana una candidatura, sino para no cometer el error frecuente de los partidos dominicanos: desperdiciar a quienes piensan porque incomodan a quienes simplemente obedecen.

Guido Gómez Mazara tiene una característica peligrosa para cualquier estructura partidaria tradicional: posee pensamiento propio.

Pero esa misma característica puede ser extraordinariamente valiosa para un país.

En política internacional, economía y administración pública, República Dominicana necesitará dirigentes capaces de sentarse frente a Washington, Beijing, Bruselas o cualquier gran corporación y decir: somos un país pequeño, pero sabemos exactamente qué estamos defendiendo.

Eso requiere carácter, pero también conocimiento.

Y las dos cosas rara vez aparecen juntas.

Quizás por eso este artículo habla tanto de mí como de Guido.

Yo crecí políticamente en otro mundo

Durante décadas escuchamos: aquel es comunista, aquel es de derecha, aquel pertenece a tal familia, aquel viene de determinada tradición.

Y muchas veces dejamos de estudiar a las personas porque ya habíamos decidido quiénes eran.

A mis 74 años puedo reconocer tranquilamente cuando los hechos me obligan a revisar una opinión.

Guido Gómez Mazara lo ha conseguido

Nunca pensé que escribiría estas líneas sobre el hijo de Maximiliano Gómez.

Pero precisamente ahí está la enseñanza.

La democracia comienza cuando somos capaces de juzgar a un hombre por lo que hace y no por el expediente ideológico que heredó de su padre.

Hoy no sé si Guido Gómez Mazara llegará algún día a ser candidato presidencial. Eso lo decidirán su partido, las circunstancias y finalmente los ciudadanos.

Pero sí tengo algo mucho más claro:

Merece ser considerado.

Porque después de observarlo gobernar su pequeño territorio institucional, defender sus decisiones y desenvolverse dentro de las complejidades del mundo actual, he dejado de preguntarme de dónde viene Guido Gómez Mazara.

Ahora me interesa saber hasta dónde puede llegar.

Y para alguien que durante medio siglo lo miró desde la otra acera ideológica, ese cambio de pregunta ya dice bastante.