OPINIÓN ANDRÉS AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Doña Aida Cruz Brea viuda Uribe arriba a sus 99 años hoy día 2 de febrero del 2026 como una mujer serena, firme y profundamente digna. Su vida no se explica desde el protagonismo ni desde la estridencia, sino desde la presencia silenciosa de quien estuvo cerca de la historia sin pretender nunca dominarla. Fue esposa del doctor Rafael “Fellito” Uribe Montás, fallecido prematuramente en 1962 a causa de una aneurisma, y madre dedicada de su única hija, Dania, a quien formó en valores, unidad familiar y discreción.

La familia Brea, a la que pertenece por nacimiento, es oriunda de Baní, donde Doña Aida nació, y está vinculada a los Brea, reconocidos como grandes emprendedores y actores relevantes del desarrollo económico dominicano. Por la línea paterna, su apellido Cruz es oriundo de Ponce, Puerto Rico; su padre emigró a la República Dominicana a inicios del siglo XX, integrándose al país en una etapa de cambios y oportunidades que marcaría a muchas familias del Caribe.

Acompañó a su esposo en distintas funciones públicas en momentos especialmente complejos del país. Don Rafael Uribe fue presidente de la Cámara de Diputados de la República Dominicana, cónsul en Haití, cónsul en Ámsterdam y subsecretario de Relaciones Exteriores. Ejerció además una doble formación profesional como abogado y farmacéutico, combinación poco común que reflejaba rigor, disciplina y vocación de servicio. En su paso por la diplomacia coincidió con el Canciller Manuel Arturo Peña Batlle, figura intelectual de primer orden de la época. Doña Aida vivió de cerca ese ambiente diplomático y político no desde la ambición, sino desde el deber. Compartió escenarios donde la elegancia, el protocolo y el poder convivían con el miedo, el silencio y la prudencia. Fue testigo —sin alardes— de una República Dominicana que ya no existe.

Don Rafael Uribe desempeñó responsabilidades institucionales de primer orden. Numerosas leyes aún vigentes conservan su firma, testimonio de una etapa legislativa marcada por el formalismo jurídico y la centralidad del Congreso en la arquitectura del Estado de entonces.

Entre los episodios que marcaron la memoria familiar figura una anécdota tan reveladora como simbólica. Durante una recepción oficial en honor al entonces presidente de Haití, Paul Eugène Magloire, ocurrió una situación embarazosa: su capa militar, emblema de autoridad y dignidad, fue sustraída del guardarropa. El hecho, de extrema gravedad diplomática, llegó de inmediato a oídos de Rafael Leónidas Trujillo, quien ordenó a Don Rafael Uribe resolver aquella vergüenza pública sin excusas ni demoras. En una sola noche, con precisión artesanal y absoluto sigilo, se confeccionó una réplica exacta de la capa, con todos los detalles requeridos para su devolución. El incidente jamás trascendió. Así se manejaban entonces las crisis: rápido, en silencio y sin dejar huellas.

Doña Aida también fue testigo de visitas discretas de las hermanas del presidente Magloire a su residencia. A ello se suman los relatos transmitidos en el ámbito familiar sobre Mamá Julia, Julia Molina Chevalier, madre de Trujillo, íntima amiga de Doña Fella Montás, madre de Don Fellito. Esa relación personal, nacida de la confianza y del trato social propio de la época, explica una cercanía familiar indirecta con el núcleo del poder, siempre vivida con cautela, respeto y absoluta discreción.

De esa cercanía surgieron escenas que hoy parecen difíciles de imaginar: Dania, aún niña, era llevada a la casa ubicada donde hoy se levanta la Universidad APEC, en la avenida Máximo Gómez, a jugar con otros niños del entorno familiar del régimen. El propio Trujillo fue padrino de su bautizo, un hecho que marcó para siempre la memoria familiar y que se vivió entonces con la naturalidad —y el cuidado— que imponía el contexto.

Hubo también silencios más densos. Encuentros reservados entre Don Fellito y Don Modesto Díaz, figura vinculada al ajusticiamiento de Trujillo, forman parte de esa zona gris donde la historia se mezcla con la prudencia. Nunca hubo confesiones ni afirmaciones, pero sí indicios de que algo se gestaba. Tal vez por intuición, tal vez por protección, Don Fellito solicitó su traslado a un consulado en Europa, dejando la Subsecretaría de Relaciones Exteriores con el argumento de querer conocer el continente junto a su familia. Trujillo aceptó. Con el tiempo, esa decisión se reveló providencial.

Tras el ajusticiamiento, Doña Aida vivió de cerca los años más tensos de la Guerra Fría en la República Dominicana. Su hermano, el mayor general José Ernesto Cruz Brea, ocupó posiciones de alta responsabilidad militar y de seguridad del Estado, lo que la colocó en una situación de conocimiento y reserva excepcional. Desde esa cercanía familiar, Doña Aida manejó información sensible y vivió con particular intensidad los difíciles momentos de los Doce Años del doctor Joaquín Balaguer, etapa marcada por persecuciones, conspiraciones reales o supuestas, presiones internacionales y un clima permanente de vigilancia.

Años más tarde, a la luz de documentos desclasificados de la CIA, el historiador Bernardo Vega consignó que la Embajada de los Estados Unidos tenía a Don Rafael Uribe entre los primeros quince nombres considerados para integrar un eventual equipo de transición tras la caída del régimen. Esa referencia no debe interpretarse como traición, conspiración ni deslealtad, sino como un reconocimiento institucional a su perfil moderado, su solvencia jurídica y su credibilidad pública. En un contexto de Guerra Fría, ese interés reflejaba canales de comunicación y respaldo institucional, habituales en procesos de transición, y no una actuación al margen del Estado dominicano.

Ella recuerda —y así lo transmitió— los bailes del Jefe, las caídas en desgracia repentinas por el foro publico, las recepciones oficiales, la comida criolla, la elegancia y el orden del régimen. Luces y sombras de una época compleja.

En sus últimos años, Doña Aida padece demencia senil, una condición que ha ido apagando recuerdos recientes y diluyendo la conciencia del tiempo presente, sin borrar la dignidad que siempre la ha acompañado. Nunca llegó a comprender el final de su hija Dania; la enfermedad le impidió asimilar esa despedida.

Su hija Dania, que fue mi esposa, falleció de cáncer en abril de 2025. Me correspondió acompañarla con amor, cuidado y silencio en ese último recorrido de su vida. Doña Aida siempre la llamó “la niña”. Hoy, madre y yerno compartimos un duelo a destiempo: yo desde la conciencia de la pérdida; ella desde una memoria que ya no alcanza ese dolor. Acompañar, cuando ya no hay palabras ni comprensión, también es una forma de dignidad.