OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Desde que regresé de la universidad en Estados Unidos en 1972, la vida me condujo, casi sin darme cuenta, hacia un lugar que con el tiempo se convertiría en mi refugio espiritual: Casa de Campo. Fue gracias a mi querido y recordado primo Alfonso Paniagua —hombre de dotes sociales extraordinarias y motor silencioso del desarrollo de La Romana— que empecé a frecuentar este paraíso. Su visión y carisma transformaron aquella tierra azucarera en un epicentro de hospitalidad, cultura y descanso.

Con Dania, que en paz descanse, comenzamos a visitar Casa de Campo desde 1975. Al principio disfrutábamos de las actividades del hotel, ubicadas cerca de las residencias de los ejecutivos del Central Romana. Luego vino la etapa de alquilar villas, y así se fue consolidando una transición natural: un grupo de amigos, como nosotros, migraba desde la entrañable y bulliciosa Boca Chica hacia un destino más sereno, menos invadido por el crecimiento urbano y más en sintonía con la búsqueda de tranquilidad.

Casa de Campo ha sido —y sigue siendo— mucho más que un resort: ha sido un hogar compartido, un escenario donde se han entrelazado memorias, afectos y generaciones. He tenido el privilegio de acompañar su evolución, desde la época de la Gulf & Western —cuando Charles Bluhdorn era el cacique del Central— hasta esta etapa moderna, bajo el liderazgo sólido y visionario de los Fanjul. En todo este trayecto, Casa de Campo ha mantenido su sello distintivo: elegancia caribeña, sobriedad, clase y una inigualable capacidad de renovación.

A lo largo de sus senderos, campos de golf, playas y muelles, he cruzado caminos con personalidades que marcaron época: Carlos Menem, Julio Iglesias, Frank Sinatra, Bill Clinton, George Bush, Henry Kissinger, Oscar de la Renta, entre otros. Todos atraídos por la discreción, la belleza y la atmósfera de libertad que ofrece este rincón privilegiado del mundo.

Hoy, ya en la antesala de mi cuarta edad, Casa de Campo sigue despertando en mí las pasiones que me han acompañado toda la vida: el golf, los reencuentros con amigos, los paseos en bote, el esquí acuático, las grandes fiestas y conciertos, y sobre todo, esa maravillosa ausencia del caos urbano que tanto valoro.

Dios, en su infinita bondad, me ha permitido vivir tres etapas de paraíso: tuvimos nuestro Vesuvio, nuestra Boca Chica, y seguimos teniendo nuestra Casa de Campo. Ahora, mientras las nuevas generaciones ocupan sus apartamentos y hacen suyo este legado, nosotros ya no competimos: observamos, agradecemos y recordamos.

Gracias, República Dominicana, por tanto.
Gracias, Casa de Campo, por seguir siendo hogar, remanso y testigo fiel de nuestras vidas.