Padre orgulloso de dos egresados del CMS, y abuelo de dos estudiantes en formación
OPINIÓN, ANDRÉS A AYAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hoy, mientras participaba en el concierto de Navidad del Carol Morgan School, sentí esa mezcla rara de orgullo, nostalgia y reflexión que solo provocan los grandes momentos. Veía cantar a mis nietos en el mismo escenario donde se graduaron mis hijos Mariel y Andrés Gustavo, y no podía evitar pensar en el extraordinario entorno educativo que este colegio ha construido: instalaciones impecables, una comunidad de familias involucradas, profesores motivados y un espíritu institucional que entiende la educación como una inversión y no como un gasto.
Recordé entonces una conversación de hace más de treinta años. Cuando nació nuestra primera hija, su mamá—más tradicional y dominicanista—me cuestionaba la decisión de inscribirla en el CMS. Yo, que venía de formación americana y convencido de la importancia de una educación internacional, insistí una y otra vez: “Este es el camino para preparar a nuestros hijos para el mundo que viene.” Y el tiempo me dio la razón. La transición de ambos a universidades en los Estados Unidos fue natural, sin traumas ni vacíos académicos. Hoy son profesionales exitosos y modelos en sus respectivas áreas.
Sin embargo, mientras disfrutaba del concierto, mi mente se desplazaba inevitablemente hacia la otra realidad: la de miles de niños dominicanos cuyo acceso a una educación de calidad sigue siendo incierto. Desde el 2012 destinamos formalmente un 4 % del PIB a la educación… y aun así estamos lejos de tener un sistema que produzca lo que produce el Carol Morgan: excelencia, coherencia, continuidad y resultados.
No hablo solo del CMS —existen honrosos colegios privados dominicanos que también hacen un gran trabajo— pero lo del Carol Morgan es un caso de estudio. Una muestra palpable, en pleno corazón de la Núñez de Cáceres con Sarasota, de lo que se puede lograr cuando los recursos se manejan con visión, integridad y supervisión real. Aquí no hay que viajar a Finlandia, Singapur ni Corea: el ejemplo lo tenemos literalmente en nuestro propio patio.
Por eso hoy quise escribir.
Primero, para felicitar al Carol Morgan School por el trabajo bien hecho con mis hijos, mis nietos y mis sobrinos. Qué privilegio ver a mi hija involucrada en comités de mejora, y a mi sobrino aportando desde el área de ingeniería. Esa es la magia de las comunidades educativas sólidas: todos empujan hacia adelante.
Y segundo, para invitar al sistema educativo dominicano a observar con humildad, sin prejuicios y sin complejos, lo que instituciones como el CMS han logrado. No como “el colegio de los riquitos”, sino como un modelo de administración eficiente, planificación rigurosa y voluntad de excelencia. La eterna excusa de “eso aquí no se puede” ya no aguanta ni un minuto más. Sí se puede. Está frente a nosotros.
La República Dominicana ha perdido demasiadas décadas en retóricas vacías. Ha llegado la hora de actuar con seriedad, supervisar con firmeza y administrar con responsabilidad. Nuestros niños no pueden esperar más.
¿Y quién fue Carol Morgan?
Fue una maestra visionaria que, llegada desde Estados Unidos en 1933, apostó por la educación en un país que aún daba pasos iniciales hacia la modernidad. Fundó el colegio en su propia casa, con apenas ocho estudiantes, sembrando una semilla que hoy, noventa años después, es un modelo de excelencia académica, ética y comunitaria.
Honor a quien honor merece. Su legado vive en cada niño que cruza esos pasillos.
Hoy, más que celebrar un concierto, celebré un recordatorio: la educación es el único verdadero ascensor social, el único camino hacia un país más justo y competitivo.
Manos a la obra. Miremos lo que funciona. Aprendamos de ello. Repliquémoslo.
