OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA- El próximo 6 de octubre cumplo 75 años.

Y en lugar de preguntarme cuántos años he vivido, últimamente me ha dado por hacerme una pregunta bastante más incómoda:

¿Cuánto tiempo me queda realmente para vivir?

Las estadísticas dominicanas nos dicen que la esperanza de vida al nacer ronda los 73 años. Pero hay una pequeña trampa matemática: quien llega a los 75 no está viviendo “tiempo prestado”.

La esperanza de vida al nacer no funciona como una fecha de vencimiento.

Quien ha alcanzado los 75 años ya superó todos los riesgos de mortalidad de las etapas anteriores y, estadísticamente, todavía puede tener varios años por delante.

Así que decidí hacer un ejercicio.

No una predicción sobre mi muerte, porque eso solamente lo sabe Dios.

Supongamos simplemente, para hacer números redondos, que me fueran concedidos diez años más.

Llegaría a los 85.

Suena bastante bien.

Diez años.

Pero comencé a repartirlos y descubrí que no son tantos.

Si duermo ocho horas diarias, aproximadamente 3 años y 4 meses de esos diez los pasaré durmiendo.

Ya solamente quedan 6 años y 8 meses despierto.

Entre bañarme, vestirme, comer, citas médicas y las pequeñas necesidades inevitables de cada día, pongamos dos horas diarias.

Ahí desaparecen otros 10 meses.

Si entre tapones, desplazamientos, diligencias y esperas consumimos apenas hora y media diaria —algo casi optimista viviendo en Santo Domingo— se van aproximadamente 7 meses y medio más.

Ahora viene mi problema particular.

Todavía trabajo.

Escribo, ejerzo, atiendo asuntos familiares y patrimoniales, doy seguimiento a responsabilidades y continúo pensando proyectos.

Si dedicara cuatro horas diarias a esas actividades, consumiría aproximadamente 1 año y 8 meses de aquellos diez años originales.

Entonces aparece la cifra que verdaderamente me hizo pensar.

Si destino un promedio de cuatro horas diarias a mis hijos, nietos, familiares y amigos, en esos diez años habré dedicado solamente alrededor de:

1 año y 8 meses completos a las personas que quiero.

Ahí fue cuando dejé de hacer matemáticas y comencé a hacer filosofía.

Porque a los 25 años uno cuenta la vida hacia adelante.

A los 75 comienza inevitablemente a contarla de otra manera.

Ya no importa tanto cuánto tiempo tenemos.

Importa qué hacemos con el tiempo que todavía tenemos.

He pasado buena parte de mi vida trabajando.

La banca, el derecho, la docencia, responsabilidades empresariales y gremiales, propiedades, reuniones, problemas, documentos, tribunales, llamadas y compromisos.

Todo parecía urgente.

Y probablemente muchas cosas lo fueron.

Pero ahora descubro algo curioso:

casi nada de aquello que parecía urgentísimo hace treinta años continúa siendo urgente hoy.

En cambio, sí recuerdo una conversación con mis padres.

Una comida familiar.

Un viaje.

Una ronda de golf con buenos amigos.

Una Navidad.

Una conversación con mis hijos.

La sonrisa de un nieto.

Y también recuerdo a quienes ya no están.

Eso modifica completamente la contabilidad.

Porque quizás hemos utilizado durante toda la vida una unidad de medida equivocada.

Medimos la existencia en años.

Deberíamos medirla en momentos conscientes.

Si Dios me concediera esos hipotéticos diez años, no serían realmente diez.

Una tercera parte probablemente transcurriría mientras duermo.

Otra parte desaparecería entre obligaciones, desplazamientos y necesidades cotidianas.

Y solamente una fracción quedaría verdaderamente disponible para escoger qué hacer con ella.

Por eso cumplir 75 no me produce tristeza.

Me produce sentido de urgencia.

No la urgencia del ejecutivo que necesita terminar un informe.

Otra mucho más importante:

la urgencia de llamar al amigo que hace tiempo no veo;

de jugar aquella ronda de golf que seguimos posponiendo;

de sentarme más tiempo con mis hijos;

de disfrutar a mis nietos mientras todavía son niños;

de escribir aquello que todavía quiero dejar escrito;

de viajar mientras pueda hacerlo;

de perdonar algunas cosas;

de olvidar otras;

y, sobre todo, de aprender a decir no a aquello que consume tiempo pero no agrega vida.

A mis amigos que están llegando conmigo a estas edades les propongo hacer el mismo ejercicio.

Supongan que tenemos diez años por delante.

Ahora resten el sueño.

Resten las obligaciones.

Resten los tapones.

Resten las diligencias.

Resten las salas de espera.

Resten las discusiones inútiles.

Resten el tiempo mirando un teléfono sin saber siquiera qué estamos buscando.

Y después miren lo que queda.

Ese es nuestro verdadero patrimonio.

A los 75 uno comienza a comprender que la riqueza más escasa no está en una cuenta bancaria.

Está en el calendario.

El dinero perdido puede recuperarse.

Una propiedad puede venderse y comprarse otra.

Un negocio puede reconstruirse.

Pero una tarde perdida a los 75 años no vuelve jamás.

Por eso, cuando sople las velas de mi cumpleaños, no pienso pedir simplemente muchos años más.

Pediré algo que ahora considero mucho más valioso:

que los años que me sean concedidos tengan vida dentro.

Y si algún amigo de mi generación me pregunta cuánto tiempo nos queda, mi respuesta será sencilla:

No lo sé.

Nadie lo sabe.

Pero sí sé algo:

nos queda demasiado poco para desperdiciarlo y suficiente para disfrutarlo.

A los 75, quizás esa sea la verdadera expectativa de vida.