OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Después de terminar de leer la biografía de Elon Musk, de Walter Isaacson, me quedé con una inquietud que quizás parezca descabellada: ¿qué pasaría si mañana aterrizara en Santo Domingo y le entregáramos la responsabilidad de resolver algunos de nuestros principales problemas nacionales

No me refiero a convertirlo en presidente ni a importar sus posiciones políticas. Me refiero a poner frente a nuestras dificultades a un individuo acostumbrado a cuestionarlo todo, desafiar procedimientos y exigir resultados que muchos consideran imposibles.

Imagínense a Musk sentado en una reunión con los responsables del sector eléctrico dominicano.

Le explicarían que llevamos décadas enfrentando apagones, pérdidas de energía, subsidios, deudas y dificultades de cobro. Probablemente escucharía durante unos minutos y comenzaría a hacer preguntas incómodas:

¿Cuánta electricidad producimos? ¿Cuánta llega realmente a los consumidores? ¿Cuánta se factura? ¿Cuánta se cobra? ¿Dónde se pierde el dinero? ¿Quién responde por cada resultado?

Y cuando le dijeran que se está preparando otra comisión para estudiar el problema, me imagino su cara.

Quizás preguntaría: ¿otra comisión? ¿Y dónde están los ingenieros que conocen las redes, los técnicos que reparan las averías y las personas que pueden demostrar con números qué está fallando?

Porque una de las características de Musk es que no suele conformarse con explicaciones administrativas cuando entiende que existe un problema técnico que puede medirse y resolverse.

El sector eléctrico sería un laboratorio perfecto para su manera de pensar. No bastaría con cambiar funcionarios, anunciar inversiones o prometer que el próximo año tendremos menos apagones. Exigiría identificar circuitos, pérdidas, costos, responsables y plazos. Probablemente intentaría convertir cada distribuidora en una operación cuyos resultados pudieran evaluarse diariamente.

Y aquí surgiría el primer choque con nuestra realidad: una empresa privada puede tomar decisiones que el Estado, por razones legales, sociales y políticas, no puede ejecutar de la misma manera.

Pero sigamos imaginando.

Llevémoslo ahora al sistema educativo.

Le mostraríamos nuestros programas, presupuestos, edificaciones escolares, estadísticas y reformas curriculares. Me atrevo a pensar que su primera inquietud no sería cuántas escuelas hemos construido, sino cuántos estudiantes terminan sus estudios sabiendo leer correctamente, razonar, resolver problemas y utilizar la tecnología.

¿De qué sirve inaugurar un edificio si lo que ocurre dentro de sus aulas no produce el aprendizaje esperado?

Probablemente propondría medir resultados, experimentar con nuevos métodos, incorporar herramientas digitales y revisar aquellos procedimientos que consumen recursos sin mejorar la enseñanza.

Y aquí debo hacer una observación que considero fundamental: la tecnología puede multiplicar la capacidad de un buen maestro, pero no sustituye automáticamente su criterio, su vocación ni la formación humana que necesita un niño.

Pasemos a otro problema que conozco de cerca: la burocracia.

Imagínense a Musk intentando obtener un permiso de construcción, regularizar un título inmobiliario o conseguir una certificación que requiere pasar por cinco oficinas públicas.

Cuando le expliquen que necesita varias firmas, copias de documentos que el propio Estado ya posee y semanas de espera para completar un trámite, posiblemente preguntaría algo elemental:

¿Para qué existe este paso?

Y si nadie logra justificarlo, propondría eliminarlo.

Esa es una de las enseñanzas más interesantes de su trayectoria: antes de automatizar un procedimiento, hay que preguntarse si ese procedimiento debería existir.

En nuestro país hemos confundido demasiadas veces la modernización con digitalizar la burocracia. Ahora, en lugar de hacer una fila presencial, hacemos una fila electrónica. Pero el ciudadano continúa esperando.

¿Y qué haría con el tránsito de Santo Domingo?

Seguramente comenzaría por estudiar los flujos de vehículos, los semáforos, el transporte colectivo y las horas de mayor congestión. Buscaría soluciones tecnológicas, pero también descubriría que no todo se resuelve con inteligencia artificial, túneles o nuevas avenidas.

Hay problemas de planificación urbana, disciplina ciudadana y cumplimiento de las normas que requieren algo más que buenos ingenieros.

Lo mismo ocurriría con el agua potable, la basura, los hospitales y las instituciones públicas. En todos encontraría oportunidades para mejorar procesos, reducir desperdicios y exigir responsabilidades.

Pero también se toparía con nuestra cultura de improvisación, los intereses particulares, la resistencia al cambio y esa extraordinaria habilidad que hemos desarrollado para explicar por qué las cosas no pueden hacerse.

Ahora bien, no quisiera que el lector interpretara este ejercicio como una invitación a entregarle el país a un multimillonario.

Musk tiene defectos importantes. Su estilo confrontacional, su impaciencia, sus decisiones impulsivas y su manera de tratar a colaboradores y adversarios han provocado controversias. Una nación no es una fábrica de automóviles ni una plataforma tecnológica. Los ciudadanos tienen derechos, las instituciones deben respetar las leyes y las decisiones públicas necesitan controles democráticos.

La eficiencia sin respeto a las personas puede terminar siendo otra forma de arbitrariedad.

Sin embargo, hay algo de su conducta empresarial que merece nuestra atención: su insistencia en cuestionar lo establecido y no aceptar que un problema sea eterno simplemente porque lleva décadas sin resolverse.

Después de tantos años vinculado al mundo empresarial y financiero, he aprendido que muchas instituciones no fracasan por falta de recursos, sino porque terminan acostumbrándose a sus propias deficiencias.

Se crean departamentos para supervisar otros departamentos. Se multiplican los informes, las reuniones y las comisiones. Y mientras tanto, el problema original permanece intacto.

En la República Dominicana tenemos talento, profesionales capaces, empresarios emprendedores y jóvenes preparados. Lo que necesitamos es convertir ese potencial en resultados verificables, con instituciones que funcionen independientemente de quién ocupe el poder.

Quizás la gran pregunta no sea qué haría Elon Musk si viniera a resolver nuestros problemas.

La verdadera pregunta es por qué nosotros, que conocemos esos problemas desde hace generaciones, seguimos aceptando como normales situaciones que deberían resultarnos inaceptables.

No necesitamos importar un Elon Musk. Necesitamos aprender a cuestionar, simplificar, medir, ejecutar y corregir, sin perder el respeto por las personas ni por las instituciones.

A mis 75 años, esta lectura me deja una conclusión que quisiera compartir especialmente con las nuevas generaciones:

Un país no cambia porque sus dirigentes anuncien grandes soluciones. Cambia cuando deja de premiar las excusas y comienza a exigir resultados.

Y quizás nuestro mayor problema no sea que nos falten soluciones, sino que nos hemos acostumbrado demasiado a vivir sin ellas.