OPINIÓN, Andrés A. Aybar Báez para 7 Segundos Multimedia.- Estoy pasando unos días en Cap Cana con mis nietos y con sus primos hermanos que vinieron de Guatemala.

Los veo jugar, correr, discutir por cualquier cosa y cinco minutos después volver a abrazarse como si nada hubiera ocurrido.

Y mientras los observo, inevitablemente me hago una pregunta: ¿Qué República Dominicana les vamos a dejar?

Porque ellos probablemente vivirán buena parte del siglo XXI. Y nosotros estamos tomando hoy decisiones cuyos resultados ellos heredarán mañana.

Las elecciones de 2028 todavía están lejos y sería imprudente intentar predecirlas. Pero el tablero comienza a mostrar figuras y posibles generaciones de relevo.

Por un lado está Leonel Fernández.

Tres veces presidente, nadie puede decir que el país no lo conoce. Con Leonel no compraríamos una caja cerrada: conocemos su manera de gobernar, sus fortalezas, sus prioridades y también las críticas acumuladas durante sus administraciones. Pero, alrededor de esa opción aparece algo políticamente interesante: Omar Fernández.

Omar ya no es simplemente “el hijo de Leonel”. Es senador del Distrito Nacional para el período 2024-2028 y está construyendo una identidad política propia.

La propia Fuerza del Pueblo no ha definido todavía quién será su candidato presidencial para 2028. Leonel ha dicho públicamente que es prematuro hablar de su candidatura o de la de Omar.

Por eso resulta interesante observar esa relación no necesariamente como una sucesión automática, sino como la convivencia de experiencia y relevo generacional. Quedará por verse si Omar logra construir suficiente identidad independiente de la enorme sombra política de su padre.

En el PRM aparecen dos figuras muy diferentes: David Collado y Carolina Mejía.

La candidatura presidencial del PRM deberá definirse mediante una elección interna de voto cerrado. Es decir, serán los miembros del partido, y no necesariamente el electorado nacional, quienes tendrán la última palabra en esa primera etapa.

Por eso, al analizar quién podría tener mayores posibilidades dentro del PRM, no basta con observar quién aparece mejor posicionado en una encuesta nacional. También habría que preguntarse quién cuenta con mayor respaldo entre los dirigentes, militantes, delegados y estructuras territoriales del partido.

Una cosa es tener reconocimiento fuera del PRM y otra es obtener la mayoría de los votos dentro de una elección interna cerrada.

Una de las figuras es David Collado.

Su gestión en Turismo le ha proporcionado una plataforma nacional importante. Antes fue diputado y alcalde del Distrito Nacional, y desde 2020 ocupa el Ministerio de Turismo.

Su desafío hacia una eventual candidatura presidencial sería demostrar que su propuesta trasciende Turismo: educación, salud, seguridad, institucionalidad, energía, política exterior, desigualdad y reforma del Estado.

El propio Collado declaró este septiembre que todavía no había iniciado recorridos como aspirante presidencial y que permanecía concentrado en Turismo.

Su cercanía con sectores empresariales puede interpretarse de maneras distintas: algunos podrían verla como capacidad para generar confianza económica y alianzas público-privadas; otros podrían preguntarse qué grado de independencia tendría frente a esos intereses. Esa es precisamente una de las preguntas que tendría que responder una eventual candidatura.

Pero, dentro de una elección de voto cerrado, Collado también tendría que demostrar cuánto apoyo organizado posee dentro del PRM. Su reconocimiento nacional puede ser una ventaja, pero no necesariamente se traduce de manera automática en votos internos. Tendría que convertir esa imagen pública en respaldo territorial, estructura partidaria y capacidad de movilización entre los miembros del partido.

Y entonces aparece Carolina Mejía.

Aquí ocurre algo curioso. Es hija del expresidente Hipólito Mejía, cuyo gobierno entre 2000 y 2004 permanece inevitablemente asociado en la memoria de muchos dominicanos a la grave crisis económica y bancaria de aquellos años. Pero, los hijos no heredan automáticamente ni los aciertos ni los errores políticos de sus padres.

Carolina tendrá que ser evaluada por Carolina.

Actualmente es alcaldesa del Distrito Nacional y su proyecto presidencial ya cuenta con una estructura organizada dentro del PRM; el presidente del Senado, Ricardo de los Santos, asumió recientemente la dirección nacional de su campaña.

En una elección interna de voto cerrado, esa organización puede ser especialmente importante. Carolina podría contar con una ventaja si logra consolidar el respaldo de dirigentes, alcaldes, legisladores, funcionarios, organismos provinciales y estructuras municipales. Sin embargo, también tendría que demostrar que ese apoyo es amplio y efectivo, y que puede convertirse en una mayoría real cuando llegue el momento de votar.

La pregunta central dentro del PRM no sería únicamente quién tiene mayor popularidad en el país, sino quién puede reunir más votos entre los miembros habilitados para participar en la elección interna.

También existe un elemento histórico.

La República Dominicana nunca ha elegido una mujer como presidenta. Si Carolina alcanzara la candidatura de uno de los principales partidos, el país tendría nuevamente que confrontar una pregunta que quizás nuestra sociedad no ha terminado de responder: ¿estamos preparados para evaluar a una mujer aspirante a la Presidencia exactamente con los mismos parámetros con que evaluamos a un hombre?

Y también alrededor de Carolina aparece una nueva generación.

Su hijo Juan Garrigó Mejía, nieto de Hipólito Mejía, asumió en septiembre de 2026 la Secretaría General del PRM para el período 2026-2030. (Noticias SIN)

De manera que el escenario tiene una particularidad fascinante:

Leonel y Omar.

Hipólito, Carolina y Juan Garrigó.

Y David Collado, desarrollando una trayectoria política sin esa continuidad familiar presidencial.

No menciono estas relaciones como virtudes ni como defectos. En democracia, el apellido puede abrir puertas, pero finalmente deberían ser la capacidad, las ideas, los resultados y los votos los que determinen hasta dónde llega cada persona.

En el caso del PRM, además, habrá que observar con atención cómo se comporta una elección interna de voto cerrado. La popularidad general, la experiencia de gobierno y la imagen pública serán importantes, pero también lo serán la organización, la disciplina partidaria, la presencia territorial y la capacidad de convencer a quienes tendrán derecho a votar.

Quizás estamos haciendo la pregunta equivocada.

La pregunta no debería ser solamente: ¿Quién será presidente en 2028?

Debería ser: ¿Qué República Dominicana queremos que encuentren estos niños cuando tengan 20, 30 o 40 años?

Un país donde la educación pública permita competir con cualquier joven del mundo.

Donde conseguir empleo no dependa de conocer a alguien.

Donde emprender no sea una carrera de obstáculos.

Donde la justicia funcione igual para el poderoso y para el ciudadano común.

Donde tengamos electricidad, agua, seguridad y transporte sin considerarlos milagros administrativos.

Donde un joven no tenga que pensar que para progresar necesariamente tiene que irse.

Ese debería ser el verdadero examen para Leonel Fernández, Omar Fernández, David Collado, Carolina Mejía y para cualquier otro nombre que aparezca de aquí a 2028. Y antes de llegar a las elecciones nacionales, el PRM tendrá que responder una pregunta interna decisiva: ¿Quién tiene mayor apoyo real entre sus miembros para ganar una elección de voto cerrado?

La respuesta no la dará únicamente la opinión pública. La darán los votos de quienes participen en esa elección.

Mis nietos necesitan que pensemos más allá de una campaña y de un período presidencial. Ellos necesitan que pensemos en los próximos cuarenta años. Y quizás esa sea la diferencia entre simplemente elegir otro presidente y comenzar, finalmente, a construir el país que les vamos a entregar.