OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– He leído con particular interés las reflexiones de mi amigo Luis Molina Achécar ante la Cámara Americana de Comercio. Y confieso que, mientras avanzaba en su lectura, inevitablemente regresé muchos años atrás.
Luis y yo pertenecemos a una generación que conoció una banca dominicana muy distinta a la actual.
Nos tocó vivir y librar muchas batallas cuando todavía el sistema financiero estaba sujeto a estructuras rígidas, encajes dirigidos, especializaciones bancarias y regulaciones que hoy pueden resultar extrañas para las nuevas generaciones de banqueros.
Por eso sus palabras tienen para mí un significado especial.
Luis no está hablando desde un libro de economía. Está hablando desde la experiencia de alguien que ha visto transformarse el sistema financiero dominicano y que participó activamente en esa transformación.
Su discurso contiene una advertencia que el país debería escuchar: lo que funcionó para llevarnos hasta aquí no necesariamente será suficiente para llevarnos al próximo nivel.
Durante décadas la República Dominicana creció extraordinariamente. Inversión, construcción, turismo, zonas francas, servicios financieros y estabilidad macroeconómica hicieron su trabajo.
Pero Luis coloca ahora sobre la mesa una palabra que debemos subrayar:
productividad.
Tiene razón.
Un país no puede aspirar indefinidamente a aumentar salarios, fortalecer su moneda, atraer capital y mejorar el nivel de vida de su población si cada trabajador y cada empresa no producen cada vez más y mejor.
Y aquí aparece el punto quizás más incómodo de su discurso: la educación.
Después de años destinando enormes cantidades de recursos públicos al sistema educativo, seguimos teniendo resultados que no guardan relación con el esfuerzo económico realizado.
No basta con gastar más.
Hay que preguntarse qué estamos obteniendo por cada peso invertido.
Pero hay otro planteamiento de Luis que, por haber vivido aquellos años, considero todavía más importante: las grandes reformas dominicanas fueron posibles porque hubo concertación.
Empresarios, autoridades monetarias, Gobierno y distintos sectores pudieron sentarse alrededor de una mesa, discutir posiciones muchas veces encontradas y finalmente entender que había un interés superior: modernizar el país.
Yo recuerdo aquellas luchas bancarias.
No siempre pensábamos igual. Muchas discusiones fueron fuertes. Había intereses legítimos enfrentados y visiones diferentes sobre hacia dónde debía caminar el sistema.
Pero había algo fundamental: se discutía para llegar a alguna parte.
De ese proceso surgió una banca mucho más moderna, diversificada, regulada y competitiva.
Y quizás ahí está la enseñanza más importante del discurso de Molina Achécar.
República Dominicana no debería necesitar otra crisis para volver a reformarse.
Tenemos una costumbre peligrosa: dejamos acumular los problemas hasta que la realidad nos obliga a resolverlos de emergencia.
Luis propone exactamente lo contrario: anticiparnos.
Y ahora aparece un desafío que nuestra generación jamás imaginó cuando comenzábamos aquellas discusiones bancarias: la inteligencia artificial.
La IA puede transformar la banca, la industria, el comercio, la educación y prácticamente todas las actividades productivas. Ignorarla sería tan peligroso como haber ignorado hace décadas la apertura financiera, la tecnología bancaria o la globalización.
Pero adoptarla sin educación, institucionalidad y capital humano también sería insuficiente.
Por eso las piezas del planteamiento de Luis terminan encajando: educación, productividad, tecnología y concertación.
No son cuatro temas separados. Son partes de una misma estrategia nacional.
Conozco a Luis desde aquellos años de muchas batallas y transformaciones del sector financiero. Podemos haber tenido posiciones diferentes en determinados momentos —como corresponde entre banqueros que defendían instituciones y criterios propios—, pero reconozco en él algo que merece destacarse: consistencia.
Hace décadas habla de institucionalidad, gobierno corporativo, reformas y concertación. Hoy, después de una extraordinaria transformación del sistema financiero dominicano, continúa insistiendo en lo mismo, pero mirando hacia el próximo desafío.
Por eso su discurso ante AMCHAMDR no debería quedarse como otro buen discurso pronunciado durante un almuerzo empresarial.
Deberíamos tomarlo como una convocatoria.
La generación nuestra ayudó a transformar una banca que necesitaba modernizarse.
A la generación que viene le corresponde algo todavía mayor: transformar la productividad del país.
Y para hacerlo tendrá que comprender una vieja lección que Luis Molina Achécar vuelve oportunamente a recordarnos:
los países no progresan solamente porque tengan capital. Progresan cuando son capaces de ponerse de acuerdo sobre qué hacer con él.
Ahí está, quizás, la parte más importante de su mensaje.
Y en esa reflexión, Luis, cuenta con todo mi respaldo.
