OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Este fin de semana volví a comprobar algo que, después de tantos años jugando golf, uno cree que ya sabe, pero que el propio juego se encarga de recordarnos: no basta con tener un buen swing, buenos palos o conocer el campo. Hay que llegar con la cabeza en su sitio.

El sábado salí a jugar después de haber tenido una experiencia frustrante el miércoles anterior, cuando los malos golpes parecían sucederse uno detrás de otro. Uno se pregunta cómo es posible que un día el driver funcione de maravilla y al siguiente parezca que nunca ha tenido un palo en las manos. Esa frustración, si uno no la controla, termina acompañándolo al próximo hoyo y hasta al siguiente día.

Por eso decidí ir el sábado con la menor cantidad posible de asuntos pendientes en la cabeza. Quería disfrutar el juego, concentrarme en cada golpe y dejar fuera del campo las preocupaciones que no podía resolver allí. El resultado fue una ronda espectacular, de esas que nos recuerdan por qué amamos este deporte. Pero, más allá del score, me quedó una enseñanza que quisiera compartir con mis amigos golfistas del Santo Domingo Country Club y de La Romana Country Club.

El golf es una extraordinaria escuela de vida porque nos obliga a enfrentar, en pocas horas, casi todas las emociones que experimentamos fuera del campo.

Un mal golpe se parece mucho a un error en los negocios o en una decisión personal. Ya ocurrió. Podemos analizarlo, aprender y corregir, pero no podemos deshacerlo. El problema comienza cuando llevamos ese error al siguiente golpe. Entonces dejamos de jugar el hoyo que tenemos delante y empezamos a jugar contra el recuerdo del anterior.

En la vida sucede exactamente lo mismo. Una mala decisión no tiene por qué determinar todas las que vienen después. Sin embargo, cuando permitimos que la frustración nos gobierne, terminamos cometiendo nuevos errores por no haber soltado el primero.

El driver, por ejemplo, representa esos grandes proyectos con los que queremos comenzar algo importante. Nos entusiasma la distancia, la fuerza y la posibilidad de llegar lejos. Pero de nada sirve pegarle 250 yardas si la bola termina fuera de juego. A veces, tanto en el golf como en la vida, es preferible avanzar un poco menos, pero mantenerse en el fairway. La prudencia también produce buenos resultados.

Los golpes de aproximación nos enseñan otra lección: no siempre hay que atacar la bandera. Hay situaciones en las que el riesgo no compensa la recompensa. Buscar el centro del green puede ser más inteligente que intentar un golpe heroico que termine en el agua. En los negocios, en la familia y en nuestras relaciones, saber cuándo arriesgar y cuándo asegurar es una virtud que se adquiere con los años.

Y qué decir del putt. Uno puede haber jugado un hoyo magnífico y arruinarlo por falta de concentración en los últimos metros. Es como esos proyectos que llevamos casi hasta el final y descuidamos precisamente cuando más atención requieren. El putt nos recuerda que las cosas pequeñas también cuentan y que terminar bien es tan importante como comenzar bien.

El bunker, por su parte, se parece a las dificultades inesperadas de la vida. Nadie quiere caer en él, pero todos terminamos allí alguna vez. La salida no consiste en desesperarse ni en golpear la arena con rabia. Hay que adoptar la técnica correcta, aceptar la situación y buscar la mejor manera de regresar al juego. Muchas veces, salir bien de una dificultad produce más satisfacción que no haberla enfrentado.

También está el agua, que representa esos riesgos que conocemos y, aun así, a veces decidimos ignorar. El campo nos advierte dónde está el peligro. La vida también suele hacerlo. Pero la ambición, la impaciencia o el exceso de confianza pueden llevarnos a intentar un golpe que no corresponde a nuestras posibilidades de ese día.

Y luego está el score, ese número que puede alegrarnos o amargarnos la tarde. El golf nos enseña que no siempre el resultado refleja toda la calidad de lo que hicimos. Podemos jugar bien y tener mala suerte, o jugar mediocremente y salvar una buena tarjeta. Lo importante es no confundir un resultado con nuestro valor como jugadores ni, mucho menos, como personas.

Hay días en que uno llega al campo cargado de preocupaciones, cansancio o asuntos que no ha podido resolver. En esas circunstancias, el cuerpo está presente, pero la mente se encuentra en otra parte. El swing pierde naturalidad, las decisiones se precipitan y cada error pesa el doble. A veces, incluso, es más sensato quedarse en casa, descansar y regresar otro día. No porque haya que huir de los retos, sino porque también debemos aprender a reconocer cuándo no estamos en condiciones de dar lo mejor de nosotros.

Esto no significa que debamos jugar solamente cuando todo esté perfecto. La vida nunca está completamente libre de problemas. Significa aprender a distinguir entre las preocupaciones que podemos dejar temporalmente fuera del campo y aquellas que requieren nuestra atención antes de salir a jugar.

A mis amigos del SDCC y de LRCC, con quienes compartimos tantas rondas, bromas, competencias y tertulias del hoyo 19, les diría que el verdadero privilegio no es solamente hacer birdies o ganar una apuesta. Es tener la oportunidad de seguir jugando, de disfrutar la amistad y de aprender algo nuevo de nosotros mismos cada vez que salimos al campo.

El golf nos enseña humildad porque nunca terminamos de dominarlo. Nos enseña paciencia porque no podemos apresurar una buena ronda. Nos enseña carácter porque debemos aceptar nuestros errores sin buscar excusas. Y nos enseña compañerismo porque una buena partida se disfruta mucho más cuando sabemos celebrar también los buenos golpes de los demás.

Al final, cada hoyo es una pequeña vida: comenzamos con una intención, encontramos obstáculos, tomamos decisiones, cometemos errores y tratamos de llegar al green de la mejor manera posible. No podemos controlar el viento, la posición de la bola ni todos los imprevistos del campo. Lo que sí podemos controlar es nuestra actitud frente a ellos.

El sábado confirmé que, cuando la mente está clara, el cuerpo responde mejor. Y que el mejor golpe no siempre es el más largo ni el más espectacular, sino aquel que ejecutamos con serenidad, concentración y confianza.

Porque en el golf, como en la vida, no se trata de evitar todos los malos golpes. Se trata de aprender a no permitir que uno solo nos arruine toda la ronda.