OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Durante cinco años compartí prisión, rutina y conversaciones con Mario Redondo Llenas, en el mismo penal donde él cumplió treinta años de condena por un crimen que todavía duele en la República Dominicana. Escribo esto desde la convicción de que el testimonio vivo puede ayudar a cerrar un capítulo doloroso para nuestra sociedad.
Conocí a Mario en un momento oscuro de mi vida: yo era un preso del denominado caso Banco Mercantil. Le debo mucho: me brindó apoyo cuando lo necesité, me ayudó a incorporarme a actividades educativas dentro del recinto y fuimos pieza clave para que se instalaran clases universitarias en la prisión. Junto a religiosas como la hermana Marie Mesens, impartía enseñanza, daba charlas sobre la Biblia y muchas veces fue él quien ofrecía homilías por su profundo conocimiento religioso. Aprendí agricultura en el penal gracias a él, y conocí allí a su esposa y a su hijo; también vi el afecto y el dolor que su familia vivía tras los barrotes.
Durante los cinco años que compartí con Mario fui testigo de una conducta reservada, disciplinada y atenta hacia los demás internos con una inteligencia y oralidad por arriba de la media. Orientaba a compañeros —muchos de ellos banqueros presos— sobre cómo enfrentar la vida dentro y después de la cárcel. Se esforzó en estudiar derecho en condiciones precarias: su disciplina y su afán por aprender fueron constantes. Esa conducta prolongada y ejemplar choca con la explicación fácil que escuché en el juicio: “es un psicópata”. Esa etiqueta no encaja con la persona que conocí, ni con la disciplina que mostró por tres décadas en un penal dominicano.
No vengo a relativizar el dolor de la familia Llenas Aybar ni a justificar nada. Pregunto lo que la sociedad tiene derecho a saber: ¿qué llevó a un joven de 19 años y con inteligencia sobresaliente a cometer un crimen tan atroz? ¿Fue manipulación, chantaje, drogas, presión de terceros, un problema psicológico no entendido, un hecho aislado o una mezcla de factores? ¿Hubo omisiones investigativas? ¿Por qué, si realmente fuera un psicópata, no hubo episodios violentos similares durante treinta años de reclusión? Estas preguntas no buscan exonerar; buscan verdad y responsabilidad.
Creo que la sociedad merece un cierre basado en rigor y humanismo. Invito a que, con prudencia y respeto por la memoria del niño Llenas Aybar, se promueva:
Una investigación interdisciplinaria independiente que reúna expedientes, peritajes y testimonios del proceso original y de la vida carcelaria posterior.
Que Mario, si decide hacerlo y cuando tenga la fuerza, participe en un diálogo controlado (grabado y con salvaguardas) para explicar —con la mayor transparencia posible— qué lo llevó a actuar así.
Que todo esto se haga con respeto absoluto a la familia de la víctima y con la finalidad de prevenir futuros hechos semejantes.
No podemos devolver la vida perdida, pero sí podemos exigir respuestas que permitan entender y aprender. Lo hago porque conocí a Mario en aquello que él y yo llamábamos “lo peor de la vida antes de la muerte” de nuestras vidas y porque creo que su voz, si él lo desea, puede ayudar a cerrar un círculo que lleva décadas abierto en la conciencia dominicana.
A Mario Redondo Llenas: la palabra está en tus manos cuando Dios te dé la fuerza para darla.
