OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ.- Viví en Estados Unidos en una época en que la esperanza parecía tener rostro, apellido y voz propia. Éramos niños, adolescentes o jóvenes adultos los Baby Boomers, creciendo en medio de promesas de progreso, derechos civiles y liderazgo moral. Pero entre 1963 y 1968, cuatro muertes violentas nos arrebataron la inocencia colectiva y cambiaron para siempre nuestra manera de ver el poder, la política y el futuro.
El 22 de noviembre de 1963, el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas fue el primer gran quiebre. Recuerdo el silencio en las casas, las escuelas paralizadas, la televisión en blanco y negro repitiendo una y otra vez las imágenes del desfile interrumpido por los disparos. Kennedy representaba juventud, modernidad y una América que miraba hacia adelante. Su muerte fue, para muchos de nosotros, la primera vez que entendimos que incluso los sueños nacionales podían ser asesinados a plena luz del día.
Cinco años más tarde, cuando aún no sanábamos esa herida, el 4 de abril de 1968, fue asesinado Martin Luther King Jr. en Memphis. Para los Baby Boomers, especialmente quienes vivíamos en Estados Unidos, King no era solo un líder afroamericano: era la conciencia moral del país. Su lucha pacífica por los derechos civiles nos enseñó que la justicia podía conquistarse sin odio. Su muerte provocó disturbios, dolor y una profunda sensación de fracaso colectivo: si mataban a quien predicaba la no violencia, ¿qué quedaba?
Apenas dos meses después, el 5 de junio de 1968, otro golpe devastador: el asesinato de Robert F. Kennedy en Los Ángeles, tras ganar las primarias de California. Bobby Kennedy encarnaba la continuidad del ideal perdido de su hermano John, pero con una sensibilidad aún más cercana a los pobres, a las minorías y a los jóvenes. Muchos Baby Boomers creímos que con él aún había una salida. Su muerte selló la sensación de que el sistema estaba devorando a quienes intentaban reformarlo desde dentro.
Y antes de todos ellos, el 21 de febrero de 1965, había caído Malcolm X en Nueva York. Su impacto fue distinto, pero igualmente profundo. Malcolm representaba la rabia, la impaciencia y la denuncia frontal contra el racismo estructural. Para muchos jóvenes de nuestra generación, su asesinato confirmó que el conflicto racial en Estados Unidos no era un problema pasajero, sino una herida abierta que el país no sabía —o no quería— cerrar.
Estas cuatro muertes no fueron hechos aislados. Para los Baby Boomers, marcaron el fin de la ingenuidad y el inicio del escepticismo. Después de Kennedy, King, Robert Kennedy y Malcolm X, dejamos de creer ciegamente en los discursos oficiales. Aprendimos a desconfiar, a cuestionar, a protestar. Surgieron el rechazo a la guerra de Vietnam, la contracultura, los movimientos estudiantiles y una profunda revisión de valores.
Hoy, mirando atrás, entiendo que nuestra generación fue moldeada no solo por lo que construyó, sino por lo que perdió. Aquellos disparos no solo mataron hombres; mataron certezas. Y desde entonces, los Baby Boomers caminamos con una mezcla de nostalgia y lucidez, sabiendo que el progreso no es lineal y que la democracia, si no se cuida, también puede caer abatida en cualquier esquina.
