LAS VEGAS, NEVADA.- En diciembre de 1958, dos pilotos estadounidenses, Robert Timm y John Cook, emprendieron una de las aventuras más extraordinarias en la historia de la aviación: mantener un avión en el aire sin aterrizar durante el mayor tiempo posible. No se trataba de horas o días, sino de meses.

El dúo utilizó un Cessna 172, un pequeño avión monomotor habitualmente empleado para vuelos cortos. Sin embargo, lo transformaron en una auténtica vivienda aérea: instalaron un pequeño fregadero, un colchón y modificaron el sistema de combustible para permitir el reabastecimiento en pleno vuelo. Su meta era batir el récord mundial de vuelo continuo.

Despegaron el 4 de diciembre de 1958 desde McCarran Field, en Las Vegas, y permanecieron en el aire durante 64 días, 22 horas y 19 minutos, aterrizando finalmente el 7 de febrero de 1959. Lo más sorprendente: nunca se reabastecieron desde otro avión, sino desde un camión en movimiento.

Cada pocos días, descendían a baja altura sobre una carretera en el desierto, donde un vehículo les pasaba una manguera con combustible mientras ambos avanzaban a la misma velocidad.

Durante el vuelo, Timm y Cook sobrevivieron a base de comida enlatada, baños con esponja y turnos de sueño intermitentes. La falta de espacio, el ruido del motor y el aire seco del desierto los llevaron al límite físico y mental. En un momento, incluso tuvieron que reparar el generador en pleno vuelo.

Tras 1,559 horas en el cielo, aterrizaron exhaustos, barbudos y apenas capaces de mantenerse en pie. Pero lograron su cometido: establecieron el récord mundial del vuelo más largo de la historia, una marca que, más de seis décadas después, sigue sin ser superada.

El avión, conocido como Cessna 172 Hacienda, se encuentra hoy expuesto en un museo de Las Vegas, como símbolo de una hazaña que demostró que la determinación humana —y un poco de gasolina desde un camión— pueden desafiar los límites del cielo.