OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Hace unos días escribí sobre el eterno problema eléctrico dominicano y sobre cómo una de las soluciones más viables no está fuera del país, sino dentro de él. Un empresario dominicano-argentino, con visión, disciplina y resultados comprobados, logró estructurar un modelo energético eficiente, rentable y sostenible que ha sido replicado en otros países. Paradójicamente, ese mismo modelo ha sido ignorado por las autoridades dominicanas.
Su respuesta a mi artículo me dejó pensativo: me agradeció las palabras, pero dijo no merecer elogios porque el Estado nunca escuchó sus propuestas. Esa confesión, cargada de humildad, retrata una de las grandes contradicciones de nuestro país: los políticos le temen a lo que funciona.
En lugar de fortalecer las iniciativas que han dado resultados, preferimos improvisar. Rechazamos lo probado y abrazamos lo incierto. Nos cuesta admitir que las soluciones pueden nacer aquí mismo, en nuestro propio patio, sin necesidad de grandes consultorías extranjeras ni préstamos que hipotecan el futuro.
El sector eléctrico es solo un espejo de algo más profundo: un modelo político y económico que se ha acostumbrado a sobrevivir en la ineficiencia. Nos hemos vuelto expertos en administrar crisis, no en resolverlas. Y cada década que pasa, los problemas crecen, las deudas aumentan y la frustración ciudadana se multiplica.
Ha llegado el momento de romper ese círculo vicioso. No podemos seguir ignorando lo que funciona ni replicando lo que ha demostrado no servir. El país no necesita discursos, necesita decisiones. No necesita nuevos diagnósticos, necesita valor para aplicar lo que ya se sabe que da resultado.
Este no es solo un llamado al gobierno, sino a todos nosotros: empresarios, profesionales, académicos y ciudadanos. Debemos repensarnos como nación. La verdadera transformación no comienza en un decreto ni en un préstamo internacional; comienza en la voluntad de mirar con humildad lo que ya tenemos, reconocer su mérito y multiplicarlo.
Quizás ahí —en esa simple capacidad de reconocer el bien hecho— esté la chispa que encienda la luz que tanto nos falta.
