OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Ayer, un buen amigo me escribió refiriéndose a uno de mis artículos con una frase que me hizo pensar: “Ojalá te escuchen, aunque sea como a un predicador en el desierto.”

Esa expresión, tan antigua como el eco mismo de la conciencia, encierra una verdad profunda: vivimos en una sociedad que, poco a poco, se ha ido volviendo sorda ante su propio clamor. Nos acostumbramos a sobrevivir entre limitaciones, indiferencias y penurias que ya sentimos como parte natural del paisaje.

Caminamos entre dunas de promesas incumplidas y espejismos de progreso. Los llamados a la justicia, la equidad o el simple sentido común se desvanecen entre la arena del conformismo. Y en ese silencio colectivo, los que alzan la voz suelen ser vistos como soñadores o exagerados, cuando en realidad son los que todavía creen que es posible despertar.

No se trata de señalar culpables. Todos, en mayor o menor medida, hemos contribuido a este desierto: desde la falta de empatía en lo cotidiano hasta la indiferencia ante lo que nos afecta como país. Lo importante no es buscar responsables, sino recuperar la voluntad de actuar y reconstruir los puentes de la conciencia social.

Prefiero ser un predicador en el desierto antes que un espectador cómodo en mi hogar. Prefiero la voz que se atreve al silencio que concede. Porque callar ante la injusticia, la desigualdad, la falta de compromiso o el deterioro de nuestros valores es, en el fondo, aceptar que el desierto nos ha vencido.

Predicar en el desierto no es inútil. Cada palabra, cada gesto responsable, cada acción honesta, es una semilla que tarde o temprano germina. Si todos comenzamos a hablar, a proponer, a actuar con sentido de país desde nuestros espacios —por modestos que parezcan—, llegará el día en que esas voces dispersas formen un coro de esperanza que se escuche donde más se necesita.

El cambio verdadero no se impone: se contagia. Y cuando el eco de las conciencias empiece a resonar entre los muros del poder, de la educación, del hogar y de las calles, será señal de que muchos decidimos no callar más.

Con la voluntad de Dios, sigamos predicando en el desierto. Porque es en la soledad del compromiso donde nacen los verdaderos profetas de la esperanza.