OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Hoy amanecí con el pensamiento habitado por recuerdos. Volvieron a mí los veranos que pasaba en Boca Chica, ese paraíso cristalino de los años 50 y 60, cuando el mar era una piscina infinita y la vida no conocía de preocupaciones. Mientras mi padre dirigía los trabajos de lo es hoy el Aeropuerto de Las Américas con la constructora de Paquito Martínez —hermano de Doña María, esposa de Trujillo— nosotros vivíamos uno de los capítulos más felices de nuestra infancia.

Teníamos una casa frente al mar, y allí mismo se estacionaba nuestro bote: “Rhina”, al que cada tarde bajábamos el motor Johnson de 35 caballos de fuerza para lavarlo y engrasarlo con esmero, dejándolo listo para el día siguiente. A primera hora ya teníamos a alguien asignado para conducirlo, y pasábamos el día completo esquiando, cruzando hacia La Mática, o simplemente flotando en el silencio salado del Caribe. Era libertad en estado puro, sin límites y sin teléfonos.

En la azotea del Hotel Hamaca, la cofradía de los hijos de Trujillo montaba un espectáculo de propaganda: figuras de cartón y plywood representando a los enemigos del régimen —Pepe Figueres, Rómulo Betancourt, Fidel Castro— colocadas sobre un barco de madera eran el blanco de disparos con armas y ametralladoras desde lo alto del hotel. Una parodia política que entonces nos parecía un juego, pero que hoy se recuerda con distancia crítica.

Y en medio de todo eso, el aroma de las frituras lo envolvía todo: pescado frito, yaniqueques, tostones… El olor era una caricia diaria, y la brisa, el telón de fondo constante. Veíamos a los pescadores naturales, descalzos y alegres, enseñarnos a lanzar el hilo. Ellos sabían cuándo vendría la marea con solo mirar el cielo. Eran sabios del mar, guardianes de un tiempo sin reloj.

Las mañanas y las tardes eran para la playa, sin horarios ni urgencias. Las noches, para ir a figar con lámparas de gas y escuchar las retretas de los bomberos en el parque, cuyos ecos aún resuenan en mis oídos como una melodía de película antigua. A veces, acompañábamos a mi padre a la central telefónica cercana al parque para enviar un telegrama o realizar una llamada local a través del sistema de cablijas. En otras ocasiones, lo veíamos improvisar antenas, tratando de captar en un radio de onda corta las transmisiones desde Caracas, para escuchar lo que decía el gobierno de Betancourt sobre el régimen dominicano. Era como ver a un sabueso de la verdad, husmeando entre la estática.

Y lo más asombroso de todo: no teníamos celulares, internet, tabletas ni computadoras. Estábamos desconectados del mundo, pero absolutamente conectados entre nosotros.

Boca Chica fue para nosotros lo que El Vesuvio fue para el Malecón: símbolo, encuentro y memoria. En esos días, la vida era simple. Éramos niños felices, sin más carga sobre los hombros que la responsabilidad de portarnos bien, sacar buenas notas y seguir disfrutando del mar.

Hoy, desde la otra orilla del tiempo, agradezco haber vivido aquello. Escribo este testimonio para que nuestros hijos y nietos lo sepan. Para que entiendan que hubo una generación que fue feliz sin pantallas, sin conexión digital, pero con un alma repleta de experiencias reales, compartidas y profundas. Y que, si cierran los ojos y escuchan bien, tal vez oigan aún el silbido del tren del ingenio, o el crujido del agua mientras arrancaba el motor de “Rhina”.

Porque hay veranos que no se olvidan.
Porque hay mares que no se secan en la memoria.
Y porque Boca Chica… fue uno de ellos.