OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Hoy, frente al mar Caribe, los dientes de una retroexcavadora derrumban en silencio lo que fue uno de los grandes íconos de la vida social y familiar dominicana: el restaurante Vesuvio del Malecón, fundado en 1954. Con cada bloque que cae, se van también los recuerdos de una época que marcó a generaciones enteras.
Durante décadas, el Vesuvio fue mucho más que un restaurante: fue un símbolo de elegancia, encuentro y buen vivir. Operado con esmero por la familia Bonarelli y luego por quienes heredaron su tradición, fue testigo de cumpleaños memorables, cenas familiares, propuestas de matrimonio, y largas sobremesas llenas de risas y anécdotas.
Allí aprendimos el arte de la buena mesa: pescados y mariscos frescos, pastas suculentas, carnes bien servidas, postres caseros y ese pan crujiente que llegaba caliente a la mesa. Era el lugar donde los domingos sabían distinto y donde ver el mar al atardecer tenía un sabor especial.
Muchos de nosotros crecimos viendo a nuestros padres y abuelos vestir sus mejores galas para celebrar la vida en ese espacio. El Vesuvio formó parte del paisaje sentimental del país. Hoy, verlo caer nos recuerda que también nuestras memorias están hechas de lugares, de aromas, de momentos que ya no volverán.
No es solo la demolición de un edificio. Es el fin de una era. Pero los que la vivimos la llevaremos para siempre en el alma. Gracias, Vesuvio, por habernos enseñado a celebrar en familia, a brindar con clase y a saborear la vida frente al mar.
Gracias por tanto, Vesuvio. Que tu recuerdo no se borre nunca del corazón de los dominicanos que saben lo que fue vivir bien, con clase y con afecto.
